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LOS DESTELLOS SOLARES NOS RECUERDAN A DIARIO QUE DEBEMOS AMANECER DESNUDOS CADA DÍA

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Historias sin Cuento

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EL SOL NUNCA DUERME

Por hábito anímicamente arraigado desde el momento en que comenzaron a dormir juntos, Laura y Demetrio despertaban casi a la misma hora de la noche, y el diálogo susurrado surgía en la oscuridad completa, porque dormían con las cortinas cerradas. Y aquella noche no fue la excepción; bueno, salvo por un pequeño detalle: por alguna rendija se colaba una claridad que hacía creer que el día estaba ya a la vuelta de la esquina.

--¿Por dónde estará entrando esa luz que parece tener poderes mágicos?

--Quizás la cortina, aburrida de lo que hacemos todas las noches a la misma hora, quiere jugarnos una broma…

¿Quién de los dos decía qué? En verdad parecían cada uno el eco del otro, y eso le daba a la situación un timbre muy original. Ninguno de los dos se movió de su posición en el lecho, como si estuvieran aguardando que aquella desconocida claridad dijera algo por su cuenta. Unos cuantos minutos después, el sueño se había vuelto a posesionar de sus conciencias. ¿Cuánto tiempo estuvieron así?

Algo pareció sonar en el entorno, y ambos despertaron a la vez:

--¿Pero qué es esto? ¿Aún no ha salido el sol?

--¿Y cómo va a salir si la luna no le da espacio?

Se acercaron más entre sí. Respiraron a fondo sintiéndolo en las respectivas pieles. Y cuando se asomaron juntos por la cortina casi corrida, el sol y la luna les sonrieron al mismo tiempo.

EL ARTE DEL QUIÉN ES QUIÉN

El nombre de su primer nieto fue resultado de un juego de azar. El abuelo, que pretendía llevar la iniciativa en todo lo que se refiriera a la familia, cuando iba a arribar al mundo ese primer nieto temió que le pusieran un nombre de los que hoy se usan, como Kevin o Eric, y propuso que padres y abuelos hicieran una apuesta con nombres escritos dentro de una tómbola. Todos aceptaron.

Don Zacarías condujo el sorteo, y por pura casualidad, según dijo él al dar el resultado, el recién nacido también se llamaría Zacarías. Todos aceptaron sin chistar porque en definitiva no les importaba. Y, como en un vivo efecto de eco existencial, los dos Zacarías parecían las dos caras de una misma moneda; o sea iguales y contrastantes a la vez.

Fueron pasando los meses y los años, y en una coyuntura específica el papá del niño Zacarías le preguntó al abuelo Zacarías:

--¿No te gustaría quedarte con tu nieto, hoy que yo me traslado de país por trabajo? Él cada vez se parece más a ti en todo.

--Andate de una vez, pues, que Zacarías y yo nos quedamos tranquilos…

Desde ese momento, abuelo y nieto parecieron fundirse en una sola identidad y sonaban enteramente felices. El padre se esfumó, como si no hubiera existido nunca, y abuelo y nieto estaban siempre juntos hasta que de pronto nadie los vio más. Sólo un vecino muy anciano comentó: "Los Zacarías se escaparon para que nadie les recordara quiénes eran. Hoy andan volando por ahí…"

ALLÁ EN LOS AÑOS CINCUENTA

--¿Nos conocemos, verdad?

La persona que tenía enfrente sonrió, dejando ver sus dientes finos.

--Pues claro que sí. ¿No te acordás? Colonia Santa Augenia, en la Calle de Mejicanos. La casa de mis tías abuelas. Yo estaba ahí porque iba al kinder al que también ibas tú: el de las señoritas Gonzalbo. En mi casa había una verja entre la interioridad de madera fina rodeada por un inocente jardín y la acera descuidada… Son imágenes imborrables…

Ambos se quedaron expectantes, como si esperaran alguna voz que les ayudara a interpretar el pasado en clave de presente, y cerraron los ojos al unísono, para ver y sentir aquellas imágenes evocadas como no lo habían hecho nunca antes. Y en verdad así ocurrió. Estaban en el Campo de Marte, sentados en uno de sus bancos clásicos a la intemperie. Y luego de unos minutos de silencio, él repitió la pregunta de ella:

--¿Nos conocemos, verdad?

Y en respuesta dispusieron irse a tomar una bebida fría o caliente a aquel lugarcito de encuentro casual que visualizaban desde que tenían memoria. Curiosamente, aquel sitio estaba intacto, como si los años no lo hubieran tocado. Ahí departieron hasta el inicio del anochecer:

--Nos vemos mañana, en el mismo sitio y a la misma hora.

--¿Cuál mañana? ¿El de ayer, el de hoy o el de lo que sigue?

LOS ETERNOS VECINOS

Todos los que vivíamos en los apartamentos cercanos, estuvieran en tierra o de cara al aire, acabamos haciéndonos la misma pregunta: "¿Qué será que esa contrucción antigua parece no importarle a nadie, como si no tuviera dueño?" Y es que la aludida edificación iba volviéndose, día tras día, perfecto monumento al abandono.

--¿Estará embrujada? –se preguntó uno de los vecinos.

--¿O será que los que entran ahí sólo lo hacen cuando todo está oscuro?

--Yo creo que los pandilleros han corrido alguna bola para reservársela…

Así estaban las cosas cuando un día de tantos se detuvieron en torno al sitio unos vehículos de mudanza y empezaron a descargar objetos y se dispusieron a llevarlos al interior de la casa. Uno de los guardianes privados se acercó:

--¿Qué están haciendo, señores?

--Descargando las pertenencias de los que vivirán aquí.

--¿Y quiénes son?

--Pregúnteselo a ellos, que ahí vienen, mire…

Giró la mirada, pero alrededor no había nadie, y hasta los vehículos de la mudanza habían desaparecido. Entonces las ventanas del edificio se llenaron de luz. Todo hacía pensar que la ceremonia de bienvenida iba a dar inicio.

¡Felicidades, fantasmas!

VUELO ANUNCIADO

Él era un joven que, desde la primera infancia, había destacado en todas sus facetas como buscador de novedades que congeniaran con su naturaleza propia, y eso hacía que algunos lo catalogaran como un bicho raro y otros lo caracterizaran como un inquieto inteligente que nunca se contentaba con lo que tenía a la mano. Y todo eso se hizo aún más notorio cuando en aquella temporada navideña su tía Elinor, que vivía desde siempre en una pequeña población muy cerca de Manhattan, llegó a pasar unos días con ellos.

La madre era la hermana de Elinor y los tres sobrinos eran Ángel, Víctor y Elías, por orden de edad. El joven al que nos referimos en el párrafo anterior era el llamado Ángel. Y algo sucedió en el instante en que Ángel y su tía Elinor cruzaron miradas. Fue una fugaz corriente de electricidad emocional.

Cuando llegó el día en que Elinor regresaría a su ambiente, le prepararon una cenita familiar en la que el único que faltó fue Ángel, alegando que se hallaba indispuesto por quebranto digestivo. Elinor se fue, y unos días más tarde Ángel les habló a sus padres:

--Papás, me voy. Y voy a casarme con Elinor. ¿Ella no les dijo nada? Nos enamoramos desde el primer momentito en que nos vimos. Qué importa la edad. Qué importa el parentesco. ¡A vivir se ha dicho!

Ellos, estupefactos, no dijeron nada. Él de todas maneras saldría volando. No en balde se llamaba Ángel.

ATANDO CABOS

En el despacho del doctor Olivera todo el grupo de asistentes profesionales estaba formado por mujeres, y el doctor, cuando se presentaba la ocasión, decía siempre lo mismo: "Es que ellas son más cumplidas y más eficientes". Y lo decía aun cuando llegó Lucy, que parecía estar anímicamente siempre de fiesta. Eso hizo que comenzara a circular el rumor: "Estos dos se entienden, ya lo van a ver".

Por las dificultades que atravesaba la economía nacional prácticamente en todos los órdenes, el doctor Olivera se vio en la necesidad de recortar personal ya que la clientela disminuía; y ese recorte de ningún modo tocó a Lucy, que se hacía, por el contrario, más indispensable.

El doctor la llamó aquella mañana a su oficina para tratar puntos del trabajo. Ella creyó que se encontraría ahí con otras empleadas, pero estaba sola con él.

--Lucy, hoy tenemos que sincerarnos. ¿Estás de acuerdo?

La tuteaba y se le iba acercando. Ella, inmóvil, no parecía hallar qué decir.

--Pero dime algo, por favor. ¿Quisieras ser no sólo mi asistente sino mi socia?

Ella pareció despertar de súbito. No era la proposición que esperaba.

Ambos entendieron al instante que andaban por caminos distintos. Y se miraron sonrientes, como si les ilusionara toda aquella confusión.

--Aquí hay que trabajar mucho. Animémonos, pues. Y que sea lo que el tiempo quiera –se dijeron al unísono.

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