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A propósito de la tragedia que enluta a Estados Unidos

¿Cómo es posible que una de las democracias más elogiadas del mundo esté fracasando de modo tan rampante al no responder al clamor de la mayoría de sus ciudadanos? Quizá ese divorcio entre la discusión pública, la práctica política y la gestión pública en Estados Unidos tiene que ver con el diseño de su sistema republicano, o con que millones de ciudadanos en ese país siguen confundiendo la representatividad con la voluntad mayoritaria.

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La consternación internacional por la matanza en una escuela de Texas ha estado acompañada simultáneamente por la frustración de la sociedad estadounidense ante la inacción de sus políticos. Y por el otro lado, cada vez que se registra un siniestro de esta naturaleza, también aflora la paradoja de la cultura armamentística de esa nación que tanto dolor le ha infligido.

Desde hace décadas, los norteamericanos han discutido vehementemente sobre su derecho a portar armas, consagrado en la Constitución de Estados Unidos pero al mismo tiempo, ante estas tragedias, se elevan potentes las voces que sostienen que la Segunda Enmienda no debería bastar para amenazar el derecho inalienable a la vida.

La discusión está aparentemente agotada, porque los defensores de la armamentización no cedieron ni un centímetro en casi 60 años, después del primer tiroteo masivo de cobertura internacional, el de la Universidad de Austin, también en Texas, en 1966; y por otro lado, los críticos de la liviandad de la legislación estadounidense en la materia han arreciado y reclutado a importantes voceros del mundo del arte y la cultura. De ahí la frustración nacional, ya que el debate político también se estancó y las posiciones recuerdan más a una guerra de trincheras en la que nadie avanzó nada.

Pero mientras el statu quo está congelado, el fenómeno se ha agudizado atendiendo entre diversas razones al progresivo y fácil acceso a armamento que han convertido a ese país en el líder de posesión per cápita del mundo; a que el Estado falla al verificar los antecedentes de los compradores de armas; y a lo lastimado del tejido social en cientos de comunidades norteamericanas. El resultado es que el número de incidentes homicidas considerados como tiroteos masivos en Estados Unidos se haya duplicado en la última década.

¿Cómo es posible que una de las democracias más elogiadas del mundo esté fracasando de modo tan rampante al no responder al clamor de la mayoría de sus ciudadanos? Quizá ese divorcio entre la discusión pública, la práctica política y la gestión pública en Estados Unidos tiene que ver con el diseño de su sistema republicano, o con que millones de ciudadanos en ese país siguen confundiendo la representatividad con la voluntad mayoritaria.

En América Latina, aunque derivadas de fallas no en el diseño sino en la descomposición moral de la clase política y la disfuncionalidad de la contraloría institucional, se han vivido frustraciones parecidas contra el sistema democrático. Pero las ansiedades, la operación del crimen internacional y las conspiraciones de diferentes grupos oligárquicos o con esas pretensiones han derivado en experimentos aun más caros para la población, que del despotismo de los burócratas ha pasado en países como el nuestro al despotismo populista. Y ese estadio ha sido en muchas cosas un preámbulo para el autoritarismo abierto, a saco, represivo.

¿Cuál es entonces el camino para sociedades insatisfechas con su diseño político? Nadie tiene esa respuesta pero la historia contemporánea es pródiga en ejemplos de éxito y en fracasos infames. Revoluciones, contrarrevoluciones o sueños libertarios, todos fallaron en la medida que las naciones creyeron que la simplificación de la política y la concentración del poder al servicio de una sola visión o de una sola agenda la volvería más eficaz.

Sólo la discusión pública, superpuesta a las frustraciones y a las ansiedades del conglomerado, puede mover a las naciones en la medida que empodera a sus ciudadanos con conocimiento, verdad y pensamiento crítico.

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