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Bukele insiste en alejar a El Salvador de Estados Unidos

A menos que haya un solo salvadoreño radicado en Estados Unidos que desee que estos dos países rompan relaciones con los consiguientes efectos para su familia a ambos lados de México, todos los que desde la diáspora votaron por Bukele están llevándose una acelerada decepción.

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Hace un año, mientras celebraba la prórroga del Estatus de Protección Temporal, el presidente salvadoreño sostenía que "las relaciones con Estados Unidos son más fuertes que nunca". Además, se quejaba de que el TPS había sido eliminado por culpa de la afinidad del gobierno del FMLN con Nicolás Maduro, y prometía sentarse a la brevedad "con nuestros socios, amigos y aliados y buscar una solución para cientos de miles de salvadoreños y para cientos de miles de ciudadanos estadounidenses, hijos de tepesianos, que también deben ser protegidos por ambos países".

¿Qué cambió desde entonces para que Bukele sostuviera hace algunos días, en un mensaje a uno de los asesores de la administración de Joe Biden, que a ese gobierno no le interesa la democracia, a achacarles su saldo de destrucción y muerte en Afganistán y a pedirles que mantengan su influencia política lejos de El Salvador?

En ese año, hubo un cambio de administración en Estados Unidos, una transformación de la agenda exterior de esa nación, un replanteamiento de los énfasis en sus relaciones con Centroamérica, y en lo doméstico el mandatario salvadoreño se quitó la careta de demócrata y aceleró su proyecto de destrucción de la institucionalidad y de la independencia de poderes.

Desarrollados de modo acelerado, esos factores explican que un observador ajeno a la crónica salvadoreña pueda encontrar tan parecidos los discursos de Maduro, Díaz Canel, Daniel Ortega y Bukele. Pero ni siquiera los familiarizados con la evolución de los hechos en El Salvador se explican el extravío diplomático del régimen, jugando a ser no alineado en el peor momento posible.

La incapacidad de autocrítica del presidente ya era un problema en los temas caseros; pero el culto a la personalidad y el despilfarro de fondos públicos para alabarse a sí mismo no han sido exclusivos del presidente de GANA, antes suyo también se soportó a otros megalómanos. Lo que no tiene parangón ni antecedentes es que su necedad y la inercia a ratos cobarde y a ratos cómplice de su gabinete hayan echado por la borda las relaciones diplomáticas.

No es una exageración incluir a El Salvador entre las naciones que más han deteriorado su imagen internacional en el último año; afuera del país, por más que el régimen pretenda proyectar otra cosa a través de una burda red de opinadores que pretenden representar a la diáspora, hay desazón entre la comunidad cuscatleca. ¿El giro, el discurso belicoso, la tirantez de El Salvador con algunos de los funcionarios más importantes del gabinete de Biden, indican un curso geopolítico, un tránsito ideológico que luego afectará las políticas de Estado?

Nadie, Bukele el primero, sabe responder. Y ciertamente tampoco es que haya una fila de estadistas queriendo entenderlo a él ni a su régimen: en la Unión Europea, en Norteamérica, en los gobiernos demócratas latinoamericanos, no cabe ninguna duda acerca de lo que pasa en El Salvador a partir de los hechos, los agravios, las denuncias y las manifestaciones.

La naturaleza intolerante y antidemocrática del régimen, un reflejo del carácter irascible del mandatario y del deseo de moverse entre las sombras de la gente que lo asesora y empuja, no sólo están aislando al gobierno frente a la población sino al país frente a las naciones con las que debería compartir agenda, intereses y visión.

A menos que haya un solo salvadoreño radicado en Estados Unidos que desee que estos dos países rompan relaciones con los consiguientes efectos para su familia a ambos lados de México, todos los que desde la diáspora votaron por Bukele están llevándose una acelerada decepción.

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