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Fedor Dostoyevski decía que para cambiar, la gente necesita tocar fondo. Algún respeto hay que tenerlo a ese pensamiento viniendo de un hombre que estuvo vendado, en el paredón de fusilamiento, escuchando los disparos contra otros conspiradores contra el Zar. Absuelto de última hora, el novelista ruso salió de la fortaleza de San Pedro y San Pablo abjurando de algunas de sus ideas y en una crisis religiosa profunda que marcaría el resto de su profusa producción literaria. Para más referencias es imprescindible leer "El idiota", "Crimen y castigo" o "Los endemoniados". Sin albur.

No todos somos tan pesimistas como él acerca de la condición humana; las creencias de buena parte de Occidente tienen que ver con la posibilidad de redención y arrepentimiento con el auxilio de la reflexión, sin necesidad de caer en los abismos. Aunque, y en eso acertaba don Fedor, por lo general, el miedo es una poderosa fuerza para renegar de las estupideces e infamias cometidas.

¿Ustedes no han reparado en que, de a poco, algunos políticos de la nueva ola comienzan a exhibir algún escrúpulo? Todavía son sólo anécdotas, una alcaldesa por ahí, un alcalde de un municipio olvidado por Dios y por los hombres por allá, pero ya comienzan a manifestarse algunos signos de inconformidad. Y si se considera que la fila de los que están interesados en besarle los zapatos al presidente es todavía larga y el premio es prometedor, entonces lo que palpita en el corazón de esos primeros inconformes no es cálculo político ni pragmatismo ni los otros nombres elegantes del servilismo, sino pura conciencia.

Hay que concederles crédito: se exponen al insulto coordinado de todos los bufones del palacio, a que no les den ni un centavo para obras en su municipio -bueno, de hecho no les han dado ni una cora partida por la mitad- y demos por hecho que no repetirán como candidatos en la muy probable cruzada antiterrorista contra los mismos de siempre y sus secuaces internos y externos del próximo ejercicio electoral. Pero la dignidad les pudo más.

Debe ser difícil tener escrúpulos, apreciar uno un poquito su nombre y querer que tu familia se sienta si no orgullosa al menos no apenada por quién eres y formar parte de la administración municipal o diputado en estos momentos: son posiciones en las que uno sólo recibe órdenes, le dictan hasta qué debe escribir hasta en sus redes sociales y además le dictan aparecer cada cierto tiempo en la palestra repitiendo ficciones o abiertamente mintiendo. Lo estoy suponiendo pero, seamos serios, ¿ustedes creen que esa línea de que Soyapango es ahora el municipio más seguro de toda Centroamérica es ocurrencia de la señora alcaldesa?

Si eso es de la cosecha de la señora, entonces hay que reconocerle un talento de cuentista ante el que los hermanos Grimm palidecen. Pero aun creyendo que la funcionaria goza de una poderosa capacidad para la exageración, no creo que se haya lanzado al vacío sin un empujoncito, sin que alguien del Departamento de Mentiras le sugiriera esa línea "para quedar bien con el mero mero".

Vamos, no es cosa de ensañarse con la alcaldesa; ella es, con una sobredosis de folclor difícil de disculpar, apenas una de entre el reparto de actores muy secundarios de la película de política ficción que estamos sufriendo.

Esto se sufre. Carcajadas por aquí e indignaciones por allá, lo sufre la nación, que ahora no sólo está perdiendo tiempo y dilapidando dinero como en los gobiernos anteriores, sino viendo cómo la convivencia se va convirtiendo en crispación a un ritmo acelerado, divididos en una inesperada discusión acerca de las libertades y derechos de los mismos ciudadanos.

Así de alrevesada está la cabeza de la gente. En lugar de concentrarse en invertir en desarrollo humano, administrar más eficientemente los pocos recursos públicos y eficientar la contraloría para que no haya más funcionarios ladrones como los que poblaron las filas de ARENA y el FMLN, los administradores del Estado se dedican a ignorar esos problemas y a contar cuentos a través de alcaldes y diputados.

¿Cambiarán? No todos, pero bastaría con que algunos más se liberen de la cadena que tienen en el pescuezo y comiencen a decir lo que piensan. Pero para hacerlo hay que tener alma. Sin ella, ni el más sinvergüenza toca fondo.

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  • Fedor Dostoyevski
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