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La ilusión de la representatividad se disipará de modo inevitable

La distribución del poder político en cuotas que caracterizó los últimos 25 años instaló entre los salvadoreños la ilusión de verse representados en el tira y encoge partidario entre esos dos bloques, y a salvo por la fiscalización que una oposición política fuerte exigiría si o si. Corrupción, clientelismo y mediocridad de esos gobiernos destruyeron ese espejismo; la siguiente vuelta de tuerca tuvo a la mayoría de los votantes abjurando de esos partidos y entregándole una porción inédita del control del Estado a un discurso y a una persona más que a una tercera fuerza. Pero la aspiración a verse representado por un instituto político, su ideario y decisiones, continúa.

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Cada vez es más evidente que el proceso democrático salvadoreño iniciado en la última década del siglo anterior se acerca a un final de ciclo.

El ciclo se termina no solo por la irrelevancia en la que han caído los partidos políticos que lideraron ese proceso, ARENA y el FMLN, sino principalmente porque la pretendida representatividad en la toma de decisiones públicas a la que la nación aspiraba está por verse rota a la mayoría de efectos.

La distribución del poder político en cuotas que caracterizó los últimos 25 años instaló entre los salvadoreños la ilusión de verse representados en el estira y encoge partidario entre esos dos bloques, y a salvo por la fiscalización que una oposición política fuerte exigiría sí o sí.

Corrupción, clientelismo y mediocridad de esos gobiernos destruyeron ese espejismo; la siguiente vuelta de tuerca tuvo a la mayoría de los votantes abjurando de esos partidos y entregándole una porción inédita del control del Estado a un discurso y a una persona más que a una tercera fuerza. Pero la aspiración a verse representado por un instituto político, su ideario y decisiones, continúa.

El gen de los abusos, por supuesto, no desapareció sino que se fortaleció. La administración Bukele ha exhibido un desdén brutal por las corrientes de pensamiento que le son ya no digamos críticas sino independientes a la narrativa oficial, y su desinterés en simular alguna pretensión de tolerancia e inclusión tendrá efectos.

El más importante de esos efectos será que movimientos ciudadanos, asociaciones no gubernamentales, colectivos y gremiales, conscientes de que no hay puentes con el oficialismo, de que la posibilidad de que en lo legislativo alguna de sus propuestas se vea recogida es mínima, de que solo se les puede dar cabida si sacrifican su autonomía, tendrán que construir nuevos caminos.

Construir nuevas herramientas para la divulgación, la afiliación, la persecución de sus objetivos y hasta la contienda partidaria puede parecer el ABC de cualquier causa social; no en El Salvador, donde el fortalecimiento de los institutos antes mayoritarios supuso lamentablemente el debilitamiento de la sociedad civil, que confió sus banderas y permitió la contaminación de su operación por los sucesivos administradores del gobierno.

Ahí radica el otro aspecto del final del ciclo. El escenario se simplificó merced a la simultánea voracidad de una nueva facción y el agotamiento de cuadros y propuesta de los antes mayoritarios. Ahora parece haber poco o casi nada que medie entre el Estado y la nación, entre quienes gobiernan y la población.

Por supuesto, el partido oficial sacará todo el provecho electoral posible de esas condiciones, unas condiciones que le aseguran un alto grado de control social, de comodidad operativa y de impunidad ante la débil contraloría. Pero la nación no solo puede sino que debe avanzar hacia un grado de organización en defensa de sus intereses que no depende como otras veces de las veleidades y agenda de los institutos políticos.

Mientras eso ocurre, lo cual no se activará hasta que la conciencia crítica se imponga entre los salvadoreños, seguirá pareciendo que la oposición ya no está constituida por los rivales electorales de GANA y Nuevas Ideas sino que por lo poco de fiscalización que queda, es decir periodismo, algunas oenegés y un sector académico y religioso.

Esa es otra ilusión todavía conveniente para el gobierno, en cuyos pasillos no se entiende que el autoritarismo siembra resistencia a cada paso que da.

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Tags:

  • representatividad
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  • abusos
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