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La novedad del Espíritu Santo

Jesús Resucitado, en la primera vez que se aparece a los suyos, les da el Espíritu de perdón. El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados.

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"Ven, Espíritu de Dios. Para vivir, te necesitamos como el agua: desciende una vez más sobre nosotros y enséñanos la unidad, renueva nuestros corazones y enséñanos a amar como tú nos amas, a perdonar como tú nos perdonas", lo dijo el Papa Francisco en una de sus homilías.

Con la celebración de Pentecostés, concluye el tiempo de Pascua, estos cincuenta días que, desde la Resurrección de Jesús hasta Pentecostés, están marcados de una manera especial por la presencia del Espíritu Santo.

En el día de Pentecostés el Espíritu bajó del cielo en forma de lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. De este modo, la Palabra de Dios describe la acción del Espíritu, que primero se posa sobre cada uno y luego pone a todos en comunicación. A cada uno da un don y a todos reúne en unidad. En otras palabras, el mismo Espíritu crea la diversidad y la unidad y de esta manera plasma un pueblo nuevo, variado y unido: la Iglesia universal.

Es la misma acción del Paráclito, que en primer lugar, con imaginación e imprevisibilidad, crea la diversidad; en todas las épocas en efecto hace que florezcan carismas nuevos y variados. Y al mismo tiempo, es el mismo Espíritu quien realiza la unidad: junta, reúne, recompone la armonía. De tal manera que se dé la unidad verdadera, aquella según Dios, que no es uniformidad, sino unidad en la diferencia.

Jesús Resucitado, en la primera vez que se aparece a los suyos, les da el Espíritu de perdón. El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es el comienzo de la Iglesia, este es el aglutinante que nos mantiene unidos: el perdón. Porque el perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que nos mantiene unidos a pesar de todo, es el perdón el que libera el corazón y le permite recomenzar.

El Espíritu de perdón, que conduce todo a la armonía, nos empuja a rechazar otras vías, el Espíritu nos insta a recorrer la vía de doble sentido del perdón ofrecido y recibido, de la misericordia divina que se hace amor al prójimo, de la caridad que ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están.

Por ello, pidamos la gracia de que, renovándonos con el perdón y corrigiéndonos, hagamos que el rostro de nuestra Madre la Iglesia sea cada vez más hermoso: solo entonces podremos corregir a los demás en la caridad.

Acudamos a María Madre de Dios, Esposa del Espíritu Santo, que es también madre amorosa nuestra, que está pendiente de cada uno, como si fuera su único hijo. Ella nos escuchará y nos ayudará en todas nuestras necesidades y nos llevará a su Hijo, por medio del Espíritu Santo, nos conseguirá que vayamos a gozar del Cielo, para siempre, cuando Dios Padre nos llame, el día que finalice nuestra andadura en la tierra.

Pidámosle que nos ayude a estar muy unidos a Él y muy entregados a los demás en todas sus necesidades espirituales y materiales, ahora y siempre.

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Tags:

  • Espíritu Santo
  • perdón
  • Pentecostés
  • Paráclito

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