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Los Acuerdos de Paz, bajo la lupa de la alienación

En un acto de prestidigitación ideologizante natural para este régimen, se cuestiona la calidad de aquella firma subrayando los pecados, debilidades y delitos de quienes se sentaron a ambos lados de la mesa de negociación. Son precisamente esas falencias las que volvieron aún más honroso Chapultepec, porque todos los actores se superaron a sí mismos, a sus intereses y agenda sectorial o personal, todos sacrificaron algo para satisfacer al clamor general de paz.

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Parece insólito que treinta años después, los Acuerdos de Paz sean materia de debate y crítica desde la perspectiva del aparato del Estado.

Los deudos de las víctimas que no encontraron el homenaje ni la reparación a la que aspiraban así como los sectores que esperaban una transformación económica y social profunda que revirtiera algunas de las causas estructurales del conflicto, ellos sí pudieron en su oportunidad exhibir su insatisfacción por las condiciones de Chapultepec.

Pero el Estado salvadoreño no hizo sino crecer luego de la firma. Más institucionalidad, mejor contraloría al menos nominal, mayor tamaño e ingresos, profesionalización de sus cuerpos de seguridad y una reducción necesaria en los costos militares. Exceptuando a algunos miembros de la élite de la vieja milicia, nadie en el servicio gubernamental pudo quejarse de que lo que se firmó supusiera un menoscabo para la carrera pública.

Sin embargo, el tiempo cambia la perspectiva. Eso no la mejora ni la empeora, solo la inclina a partir de los énfasis de cada época. En 2022, el énfasis oficialista es desacreditar todo lo que los contendientes electorales de GANA y Nuevas Ideas produjeron, una especie de abstracción de sus méritos necesaria para superlativizar sus deméritos, acaso en el camino a solicitar su abolición o al menos para sostener la narrativa del partido único y mantener ese estrés sobre el orden constitucional y la democracia en El Salvador.

En la persecución de ese propósito, desde el régimen se bombardea una y otra vez lo que aquellos Acuerdos supusieron a partir de las deficiencias del presente, descontextualizando lo que pasó en las décadas anteriores al conflicto y lo que el autoritarismo militar y luego el terrorismo de Estado le hicieron a la nación. Es lógico que a partir de la pobreza, el hambre, la marginalidad y la corrupción de este primer cuarto del nuevo siglo, se cuestione de qué sirvió Chapultepec, como si el acto de 1992 hubiese sido la culminación del Estado salvadoreño en lugar de una herramienta para reconstruirlo, depositando en su seno un afán de justicia e igualdad.

Los Acuerdos abrieron la puerta a la democratización del país; que en el camino, ese proceso haya derivado en sucesivos gobiernos que no han coadyuvado al desarrollo económico y social que reclaman las grandes mayorías, era sólo uno de los desenlaces posibles y sin duda uno de los más amargos. Pero si el conflicto continuaba devorando a lo mejor de El Salvador en su desparpajo de odio e infamia, el único desenlace posible era sangre e inviabilidad nacional.

En un acto de prestidigitación ideologizante natural para este régimen, se cuestiona la calidad de aquella firma subrayando los pecados, debilidades y delitos de quienes se sentaron a ambos lados de la mesa de negociación. Son precisamente esas falencias las que volvieron aún más honroso Chapultepec, porque todos los actores se superaron a sí mismos, a sus intereses y agenda sectorial o personal, todos sacrificaron algo para satisfacer al clamor general de paz.

Quizá en estas circunstancias, las promovidas por un presidente intolerante, incapaz de reconocer mérito en sus adversarios, críticos y opositores, y en las que se engaña a los salvadoreños diciéndoles que sólo valen si se unen a un rebaño y se exponen al escarnio si se resisten a la dirección en que corre la manada, un pacto entre enemigos parezca imposible, una utopía, una mentira. Pero hace tres décadas, empujados por un pueblo que sobrevivió al horror con fe y resiliencia, el fratricidio perdió la partida. Esa es la verdad que hace de El Salvador y de su Acuerdo de Paz una lección universal.

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