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Yo espiaría a Osiris. Alguien que se llama así, sin duda oculta algo.

Tampoco le despegaría un ojo al exministro que enseña a cocinar gallina en sus redes sociales, ni a los peinadores y maquillistas de la bancada oficialista, que esos se enteran de todo. Obvio, también les intervendría el teléfono a los diputados aunque el consejo sale sobrando, son la Barbie y el Ken vudú, más pinchados imposible.

No se me confunda: la intromisión del Estado en la privacidad de los ciudadanos no es cosa de chiste sino una horrible costumbre que convive entre la paranoia de los aparatos de inteligencia y las inconfesables mañas del ministerio público. Y la verdad, que los salvadoreños sepamos eso de grabar conversaciones ajenas sólo sirvió para mandar al bote a un fiscal voyerista.

Entre otros delitos, Luis Martínez guardó prisión por revelar el contenido de unas escuchas telefónicas contra un religioso español del que sospechaba en un caso de introducción de ilícitos a los centros penales. Pero trascendió que las pláticas que reveló una vez en su despacho, otra en la oficina del nuncio y una más en el arzobispado no tenían que ver con esa investigación. Sí, Martínez actuó sin ninguna ética, faltando a sus deberes, prevaliéndose de manera delictiva.

El argumento en aquel caso de vieja data es que había indicios de que el sacerdote conspiraba contra la ley, aunque en las actuales condiciones del Estado salvadoreño al ministerio público le basta de argumento un cucurucho.

No es que uno pretenda saber más que los abogados pero ¿cómo es que un juez aceptó como pruebas los audios en los que Roy García pretende ser James Bond ofreciéndoles el oro y el moro a unos diputados? La Fiscalía sostiene que tomó la prueba de las redes sociales pero a menos que alguno de los participantes en esos encuentros haya querido suicidarse civilmente, la única posibilidad es que alguien más haya provisto los audios.

Si lo pensamos bien, el espionaje a diputados y alcaldes oficialistas sería una consecuencia natural del discurso de la cúpula oficialista. Han dicho que los munícipes no verán un peso porque se lo pueden robar, han dicho que poderes internacionales aún merodean con maletines negros, y en la práctica el presidente ha purgado sin una sola mueca a algunos de los ministros que le eran más cercanos. No sólo prefiere verlos calladitos sino que sin ninguna ínfula, pretensión eleccionaria ni codicia política. Sí, a la par de Su Intolerancia, Stalin es un bebé de pecho.

Él sabrá si sospecha o no de su gente, si cree que hablan a sus espaldas o lo ven con un aire a lo Calígula. Pero exceptuando a sus cortesanos, bufones, evangelistas y entenados políticos, ¿qué dudas puede albergar acerca de lo que se piensa de él y de su gobierno, de sus excesos y maneras? En la esfera pública hay apenas tres tipos de personas: las que no se pronuncian nunca, las que se pronuncian a favor suyo y las que lo hacemos criticándolo. Los primeros están en su derecho, los segundos están ganándose el pan y los terceros estamos cada vez más ocupados ante la evidente insatisfacción de la nación con las decisiones gubernamentales en materia económica, diplomática y de seguridad, la falta de transparencia y la memez de muchos en el oficialismo.

Por eso, porque como pocas veces en nuestra historia democrática la diferencia entre propaganda y realidad es brutal, eso de intervenirle las comunicaciones a algunos de mis colegas, gente de criterio independiente y bien informada, es un desperdicio de dinero. Ya sabe lo que piensan porque muchos de ellos no se guardan nada; ¿qué pueden investigar sino lo que el gobierno ha ocultado desde el inicio de la pandemia?; ¿qué delito puede achacárseles para justificar esa pinchazón de teléfonos sino el de dudar razonablemente de todo lo que el presidente dice? Puesto así, se ganan mejor el sueldo los de la fábrica de memes que el orejólogo.

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