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¿Qué precio tiene el cielo? Que alguien me lo diga

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Roberto Flores Pinto - Gerente de Relaciones Corporativas, Grupo LPG

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He tomado para escribir esta columna de reflexión el título y el sentimiento de la canción: "¿Qué precio tiene el cielo? Que alguien me lo diga". Una excelente composición musical de Alfredo Mathus, cantada por el extraordinario Marc Anthony.

Una canción romántica en cuya letra el compositor expresa el deseo de regalarle el cielo a alguien a quien se quiere y se aprecia, pero a pesar de esto, como dice uno de sus estribillos: "Y es que lo he dado todo. Y no es suficiente".

¿Qué paralelismo tiene la actual situación de nuestro país y el título y el sentido de esta canción aspiracional?

La palabra cielo suele ser interpretada en un sentido humano y de relación cristiana, como un lugar de felicidad eterna. También se le considera un paraíso, y Dios creó al hombre para vivir en un paraíso.

La idea de esta columna y la relación con el título de esta canción tiene que ver con la aspiración actual del salvadoreño.

También se inspira en una expresión y reflexión de verdadero pueblo que le escuchaba un día de estos a una señora que ya pintaba quizás unas cuatro décadas (como dice la canción de Arjona), quejándose del momento que vive y se lo comentaba a una amiga.

Mostraba un rostro acongojado, y con un timbre de voz que sonaba a lamento decía: "¿Y qué estaremos pagando en este país para merecer este infierno? ¿Será que Dios se ha olvidado de nosotros? ¿Cuándo será que por fin vamos encontrar la paz y la tranquilidad?"

Un comentario que me hizo pensar: Esta es una necesidad que tenemos los salvadoreños hasta soñar con la posibilidad de comprar ese cielo que nos permita vivir en paz en nuestra tierra.

Y continuaba nuestra protagonista: "Nos han venido todos los males juntos, un tal virus con el que tenemos la vida en un hilo. Rebuscándonos los centavitos para poder vivir y darle de comer a nuestros hijos y a la vez seguir cuidándonos de estos virus que aparecen".

Moviendo su rostro y proyectando negación, continuaba: "Yo nada sé de política pero oigo y veo, y lo que se oye y se ve día a día es puro odio. Vivimos como perros y gatos. De lo que mi cabecita recuerda estos años atrás, todos estos hombres que nos gobiernan y que dicen que buscan nuestro bienestar, pero solo vemos que nos piden sacrificios y sacrificios, pisto por aquí, pisto por allá; ellos en grandes carrazos y nosotros comiéndonos las uñas pues la vida cada día más cara".

Y seguía: "De lo que me acuerdo cuando hay elecciones es que con abrazos, baratelas y chucherías nos piden ese volado que se llama voto y nos prometen el cielo para que se los demos, y nada cambia, seguimos viviendo en un infierno que cada vez quema más. Hoy hay que sobrevivir a como dé lugar. Cuánto dolor al ver hoy que nuestros hijos están siendo asesinados o desaparecen y a las autoridades poco les importa, y dicen que están aliados con las pandillas. Por ello, preferimos con todos los sacrificios que representa, que mejor se vayan a los Estados donde los otros hijos. Los hospitales sin medicinas, cayéndose de viejos, pero mejor hacen un hospital para mascotas. Qué poco valemos los salvadoreños para el presidente.

"Y así mi amiga –termina diciendo–, viendo el momento que vivimos que Dios nos agarre confesados y comulgados porque esta vida está cada vez ‘pior’".

La vivencia de una mujer curtida bajo el sol de un país donde la animalada política de unos pocos que nos gobiernan desde el siglo pasado, y apoyados en la constitución y democracia, han venido moldeando un estilo de salvadoreños esclavos esperanzados que en su tierra puedan vivir en paz, cumplir sus sueños y heredar un futuro humano a sus hijos, sin embargo somos peones que nos deslumbran con canastas que duran un par de días, regalos de dólares que salen de nuestros propios bolsillos, y monedas virtuales compradas con nuestros impuestos, para que unos pocos vivan como reyes a costa de nuestro sudor.

Una desesperanza que cada día se generaliza en nuestro país. Y lamentablemente esta vivencia se alimenta a diario en el ring de las manipulaciones políticas esgrimiendo manipuladores porcentajes de apoyo. En la arena romana donde la diversión de bajar el índice para dar muerte al contrincante es la forma que el imperio utiliza para falsear aspiraciones, enardecer multitudes y mantener a un pueblo esclavo engañado con "bagatelas", expresión utilizada por la señora del pueblo.

Y dónde encontré el paralelismo de esta canción con esta opinión. Dicen que en cada canción hay un espacio de nuestras vidas.

Los salvadoreños en nuestra canción de vida hemos dedicado amor y pasión a la derecha e izquierda de nuestro corazón. Actualmente hemos convertido ese romanticismo y melodía política que nos hace soñar y hemos votado por el popular ritmo del regaettón que muchos a nivel latino consideran decepcionante y que su baile es obsceno.

Entonces esta canción que he tomado de inspiración para esta columna me da pie para que todos nos preguntemos frente a la situación que vivimos en el país: ¿Qué precio debemos pagar para que podamos vivir en paz pronto o algún día? Que alguien nos lo diga. Sí, que alguien nos lo diga con honestidad. Qué precio tiene ese cielo que nos inspira esta canción para poder los salvadoreños cumplir nuestros sueños. Para tener una esperanza permanente, con transparencia, y que ya no se roben nuestros impuestos que generamos con sacrificios y lo más hipócrita, aprovechándose de nuestra ingenuidad.

Díganos alguien qué precio tiene ese cielo, ese paraíso que todos buscamos, pues como dice la letra: "Y es que ya lo hemos dado todo y nada es suficiente". Hemos votado por todas las tendencias políticas y el infierno arde cada vez más.

Qué precio tiene el cielo (la paz). Que alguien nos lo diga. Una canción romántica y de donación humana y de amor que nos ha inspirado.

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Tags:

  • cielo
  • canción
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  • desesperanza
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